Estas son algunas de las cosas que el Hermano Andrés, fundador de Puertas Abiertas, siempre ha intentado hacer. "El ministerio de estar presente" todavía es una parte muy importante del trabajo de Puertas Abiertas. A veces es casi imposible entrar en un país, puesto que hay restricciones de viaje durante una guerra. Uno de nuestros compañeros pudo entrar en Siria recientemente y escribió lo siguiente:
Conducir desde la capital Libanesa, Beirut, hacia el este es una cosa, pero evidentemente, cruzar la frontera con Siria es otra completamente distinta. El viaje a través de la alta y nevada cordillera montañosa fue precioso. Estos picos se alzan desde el este de Beirut alcanzando más de 2000 metros de altura, para descender hasta Bekaa. Sin embargo, ahora que me acerco a la frontera con Siria noto que me empiezo a poner nervioso y que mi corazón se acelera.
Parece que nuestro coche es el único que deja Líbano para adentrarse en Siria. Muchos otros coches y autobuses salen de Siria para entrar en el Líbano. Es una sensación extraña, ser los únicos que van a Siria esta mañana me hace sentir un poco intranquilo. Mientras el funcionario libanés nos hace la señal para que paremos le mando una oración a Dios para que me proteja. Nos deja pasar. Ahora estamos conduciendo por los cientos de metros de tierra de nadie entre el Líbano y Siria, con dirección a la frontera que hemos de cruzar para continuar hacia Damasco.
La frontera siria me sorprende: al oficial sirio no parece preocuparle que un extranjero entre en su país. Nos da la bienvenida y no me hace preguntas, simplemente mira me pide el pasaporte y me deja pasar. Evidentemente, busco con la mirada para encontrar señales de la guerra que azota el país. Estoy alerta, todo el tiempo, pero particularmente cuando llegamos a los primeros puestos de control. Antes de emprender este viaje me avisaron de que estos eran los lugares donde ISIS podría haberse infiltrado. Podrían avisar a sus compañeros que esperan una o dos millas más adelante para secuestrar a gente.
Me esperaba ver escenas de guerra de camino a la capital siria, pero lo único que veo son las carreteras cortadas. Es casi imposible salir de la carretera hacia Damasco, sólo se puede conducir en una dirección. Por esta razón nos lleva dos horas y media para llegar a Damasco desde Beirut.
Estoy muy contento de haber llegado finalmente a la capital siria y poder pasar tres días allí. Tengo ganas de animar a la gente de allí y de ver parte del trabajo que Puertas Abiertas ha llevado a cabo.
Tengo el privilegio de realizar el viaje con el Pastor Robert*, quien comparte conmigo relatos sobre su vida y su ministerio durante el camino. Por esta razón el tiempo en el coche por sí mismo ha sido muy fructífero, ya que he conseguido profundizar mi relación con él. Lo conocí hace un cuarto de siglo en Beirut, él asistió a un curso donde me invitaron para traducir. Tras ese encuentro mantuve el contacto con él y con casi todos los sirios que fueron a esta actividad. Ahora podía apreciar las ventajas de estos contactos.
Una de las historias que me cuenta es sobre un joven sirio llamado Gabi*. Este joven recién casado intentó salir de Siria recientemente viajando con uno de los líderes de la iglesia. Pensó que al ir con un pastor tendría protección suficiente para pasar la frontera. Hacía poco que a Gabi lo habían llamado a filas del ejército sirio para luchar contra los rebeldes hacía algunos meses. Por esta razón dejó atrás a su mujer y a su bebé y trataba de huir a Líbano. Sin embargo, la tapadera no funcionó y fue detenido en la frontera.
Continuamos nuestro viaje adentrándonos en Siria, y Robert y yo vamos a ver a Gabi. Después de discutir un poco con la policía fronteriza nos dejan verlo durante un breve período de tiempo. Está encerrado en una habitación de 2x2 metros con una gran ventana de barrotes, aunque ésta no tiene cristal, por lo que no hay protección contra el frío exterior. Parece una cárcel; con él hay otros quince jóvenes que como él trataban de huir al Líbano. No hay calefacción en la habitación, no hay moqueta, no se puede cubrir la ventana y hace un frío helador fuera. Cuando veo a Gabi, puedo apreciar la tristeza en sus ojos, en especial cuando le suplica al agente que le deje utilizar el teléfono de Robert para llamar a su mujer que sigue en Siria. Cuando consigue el permiso del guarda, los demás prisioneros se acercan a nosotros, dándonos números de teléfono para llamar a sus seres queridos y decirles que están bien.
Después de esta visita continuamos. Vamos a ir a ver a la mujer de Gabi, quien me parece muy delgada según acuna a una preciosa bebé. Tanto los padres de ella como los de él están en la casa para consolarla, esperando para que les contemos qué tal está Gabi. "Está bien", le dice Robert, sorprendiéndome. "Lo están cuidando bien, lo hemos visto en la habitación en la que lo tienen y es cómoda". Cuando estamos en el coche me ofrece una explicación: "Tenía que decir eso para levantarles la moral, si les hubiera contado la verdad habría causado una crisis en esa casa". Gabi es el único que sostiene la familia y a los padres. El pastor Robert ayuda a la gente de Damasco dándoles leche para los bebés y pañales. El bebé de Gabi será uno de los niños beneficiados por este proyecto.
Resulta extraño estar en Damasco, la capital del país; un lugar que aparece a diario en las noticias por la guerra. Lo raro es que todo parece funcionar con normalidad. La gente anda por la acera como debían hacer antes del conflicto, van de compras, las calles están plagadas de coches. No veo la destrucción que me esperaba. Los restaurantes están llenos de gente que se está tomando algo.
Más tarde he quedado con el pastor Edward*. Me cuenta lo que ocurre en su iglesia y los distintos ministerios que hacen para apoyar a las Personas Desplazadas Internas (PDI) y al resto de la comunidad.
Al día siguiente puedo ver el trabajo con mis propios ojos; primero voy al centro de distribución de la iglesia. Ahí el equipo me enseña el lugar y los objetos que están metiendo en paquetes que luego serán distribuidos entre las PDI y las familias bajo el umbral de la pobreza. Me emociona un versículo colgado sobre la ventana que reza: "Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo" (Salmo 145:15). Doy gracias al Señor porque aunque estos objetos han llegado por medio de buenos cristianos por el mundo, en realidad han sido enviados por el Señor. Y los voluntarios lo saben. Toda la gloria sea para Dios.
Una de las primeras historias que me conmocionó fue la de una madre. Vino al centro de distribución un día y debió de esperar media hora hasta recibir su paquete. Según salía, cayó una bomba justo delante del centro que acabó con su vida. Los voluntarios me llevan fuera y me enseñan donde cayó la bomba. Estando ahí de pie oro en mi corazón pidiendo la protección del Señor para esta gente, para los voluntarios, para el centro de distribución. Incluso aquí no se ven edificios destruidos, poco después de la explosión lo arreglan todo.
En todo momento hay peligros presentes, ya sea un coche bomba, un misil u otros explosivos, y todos traen muerte y destrucción. Parece que la gente se ha acostumbrado a ello, no los veo observando el cielo, los veo hablar, reír... "Podríamos morir en cualquier momento". me dice alguien. De pronto oigo una explosión. No tengo ni idea de lo lejos que está del sitio donde estoy yo. Claro que miro alrededor, pero los sirios siguen con lo que están haciendo, por lo que decido hacer lo mismo.
Después de esto tengo la oportunidad de conocer a algunas familias a las que apoya la iglesia. Las historias que me cuentan son descorazonadoras; para proteger la identidad de la gente con la que hablé, tan solo puedo compartir una parte de lo que oí. Me hablan de un joven cristiano que estaba haciendo el servicio militar, y volvió después de un tiempo a casa de sus padres. Estaba traumatizado y tenía una fiebre muy alta. Durmió durante casi un día y una noche. En otro hogar me encontré con un padre que lloraba a su hijo, quién falleció unos pocos meses antes de su graduación. Otra familia cuidaba de una hija muy enferma, y otra de un hijo profundamente traumatizado por la guerra. Además de orar con ellos, ¿qué más puedo hacer?
Los pastores de las iglesias a los que conozco están bien; oigo optimismo cuando hablo con ellos. Están muy motivados ayudando a las personas desplazadas internas, aunque obviamente, muchas de estas personas están de un humor diferente.
Durante mi estancia en Damasco caen más bombas en la ciudad. Cada vez soy más consciente de la gente que simplemente continúa con su rutina. Algunos ven las noticias para enterarse de dónde han ocurrido las explosiones y qué sus consecuencias. Me sorprende el hecho de que no tengo miedo. Sigo confiando en el Señor para que me proteja. Me siento seguro andando por la calle sin mayor amenaza inmediata que la de un bombardeo aleatorio. La única diferencia entre andar por la calle en mi país y aquí es que estoy alerta constantemente; me fijo en los transeúntes andando cerca de mí y en mis alrededores.
Cuando visito a las familias veo mucha tristeza y pobreza, pero al mismo tiempo siento la alegría del Señor que las iglesias y nuestros compañeros son capaces de poner en los corazones de estas personas. Para mí esto es un viaje de unos días, para ellos es la realidad diaria. Sirven sabiendo que cada día podría ser el último.
Durante el viaje de vuelta permanezco despierto y alerta hasta que cruzamos la frontera con Líbano. Poco después de haber vuelto, se me cierran los ojos y me quedo dormido. Dios había venido conmigo y me había mantenido a salvo.
*Los nombres se han cambiado por motivos de seguridad.
Fuente: https://www.puertasabiertas.org/noticias/siria20160218
