Al llegar a esto, el hombre, de manera sencilla y
dócil, puso su fe en el Señor Jesús, y se postró y le adoró. Era ahora una alma
salvada, y no sólo un hombre sanado. Qué día más grande había sido este para su
vida. Había recibido la vista tanto física como espiritual.
Observemos también que el ciego no adoró al Señor
hasta que supo que Jesús era el Hijo de Dios. Siendo un judío inteligente, no
iba a adorar a un mero hombre. Pero en cuanto supo que Aquel que le había
sanado era el Dios el Hijo, postrándose,
lo adoró, y no por lo que había hecho, sino por lo que era.
Señor, crea en nosotros hambre y sed por la Palabra que vivifica».
«¡Sea Dios exaltado!»
PARA RUMIAR:
Antes de que usted pueda escuchar a Dios,
Él Te habla primero, y le habla a aquéllos que tienen sus corazones preparados para Escucharlo.
Dios te siga bendiciendo.
Pastor Mario Arcila Castaño. M. A. C.
