* Regresé recientemente de una misión con Puertas Abiertas en Colombia,
país que quiero mucho. Los colombianos son extrovertidos y divertidos,
disfrutan de la vida y se consideran entre los más felices del mundo; el país
es muy hermoso, con una enorme diversidad de paisaje; es políticamente estable
y tiene uno de los sistemas jurídicos los más avanzados en América Latina.
Sin
embargo, al mismo tiempo, hay zonas extensas - especialmente las zonas rurales
más remotas - devastadas por un conflicto armado brutal que continúa desde hace
más de 50 años. Grupos guerrilleros, paramilitares, bandas criminales,
narcotraficantes y el ejército nacional luchan continuamente unos contra otros
por el control del territorio, y por tanto de los ricos recursos del país.
Como
en todos los conflictos, son los civiles inocentes quienes sufren. 5,7 millones
de personas en Colombia han tenido que huir de sus casas a causa del conflicto
y son desplazados. Los cristianos en las grandes ciudades colombianas - como
Bogotá, Medellín, Cali - viven tan cómodamente (o incómodamente, si se es
pobre) como en cualquier otro país latino. Pero, lejos de las ciudades, la vida
de los cristianos es muy diferente.
En las zonas controladas por uno de los
grupos armados ilegales, son ellos los que dicen a los pastores cuándo pueden
abrir sus iglesias y cuándo pueden celebrar cultos. Si no aceptan esas
restricciones, se arriesgan a ser fusilados – de hecho muchos cristianos son
asesinados cada año sólo porque se oponen a la cultura de violencia que suscitan
los grupos armados para inculcar un ambiente de temor. Los hijos y las hijas de
los líderes cristianos son un objetivo particular para el reclutamiento forzado
por esos grupos armados, muchas veces cuando son todavía jóvenes.
Esto se debe
a que muchos de ellos tienen que vivir lejos de sus padres dado que quedarse en
su casa no es seguro. Además, hay una nueva dinámica de persecución que ha
surgido en los últimos años. El gobierno ha dado un gran autonomía a los
indígenas colombianos, para que ellos mismos gobiernen en las reservas, a tal
nivel que ni la policía nacional y ni el ejército puede entrar en esas zonas.
Pero muchas de las culturas indígenas cuentan con prácticas ocultas arraigadas;
y cuando los indígenas se convierten a Cristo, son muchas veces perseguidos por
sus propias autoridades tribales, los cabildos, por “traicionar las tradiciones
del grupo”. Sin un proceso legal adecuado, son echados en la cárcel, azotados
públicamente, puestos en el cepo y en la picota (castigos que desaparecieron en
Europa hace 500 años) y sus tierras y posesiones son confiscadas.
Muchos
cristianos indígenas se ven obligados a huir de sus hogares y vivir en otra
región, lejos de la autoridad de los cabildos. La Biblia nos dice que si una
parte del cuerpo de Cristo sufre, todos los miembros se duelen con ella (1
Corintios 12:26). Entonces, ¿qué podemos hacer para ayudar a nuestros hermanos
y hermanas colombianos que sufren?
Por encima de todo, podemos orar. Puede
parecernos algo poco importante, pero nunca se debe subestimar el poder de
nuestras oraciones. Las raíces del conflicto en Colombia son tanto espirituales
como políticas y materiales; y las armas espirituales son necesarias para
romper la espiral de violencia que infecta a toda la sociedad colombiana.
Nuestras oraciones expresan nuestra solidaridad con nuestros hermanos y
hermanas colombianos que sufren; y no hay duda que la solidaridad en la oración
tiene efectos. Por ejemplo, conocí en mi misión que entre militares de alto
nivel algunos se han convertido a Cristo; también pude saber de cristianos que
dan testimonio a miembros de los grupos armados a un alto coste personal, de
ex-guerrilleros que ahora están predicando a Cristo a la guerrilla; de
cristianos indígenas que sigue dando testimonio a su propia gente, aunque hayan
estado en la cárcel por ese testimonio; y de otros que enseñan en las escuelas
indígenas cristianas sin recibir un salario. Sí, Dios está obrando en Colombia.
Visité en una de las zonas rurales más o menos seguras de Colombia una escuela,
financiada por Puertas Abiertas. Allí viven y son educados 60 niños y niñas,
hasta los 18 años. Algunos de los niños vieron a sus padres ser asesinados;
para otros, vivir con son sus padres es demasiado inseguro. En lugar de la
violencia, del posible reclutamiento forzado a un grupo armado, o algo peor,
reciben una buena educación en un lugar de seguridad y protección; entonces
tienen un futuro con esperanza.
A pesar de haber visto el precio que han pagado
sus padres por seguir Cristo, muchos quieren ser pastores y líderes cristianos
también. También aprendí del trabajo que Puertas Abiertas hace con los
cristianos indígenas. No pudimos viajar a una zona indígena, como habíamos
planeado, porque la situación de seguridad se había deteriorado y se nos
impidió el paso a los extranjeros. Puertas Abiertas ayuda a los creyentes
indígenas a establecerse en sus nuevos hogares, donde han huido al escapar de
la persecución; para beneficiarse de los derechos garantizados por la ley
colombiana (que no reciben de los cabildos); y para educar a sus hijos en
escuelas cristianas, en lugar de las escuelas indígenas, donde se enseña a los
niños, por ejemplo, como hacer sacrificios a los dioses tribales. Si se quiere
hacer algo más que orar, se puede donar a las organizaciones que trabajan con
los cristianos perseguidos en Colombia, o se puede escribir a cristianos en sus
situaciones de sufrimiento.
Puertas Abiertas es una de esas organizaciones
reconocidas internacionalmente, y todos sus detalles están disponibles en su
página web. Mi propio apoyo a Puertas Abiertas se remonta durante más de 40
años, a la época cuando escuché el hermano Andrew, el fundador, hablar en la
Universidad de Manchester cuando yo era estudiante. Su desafío ha quedado
conmigo desde entonces: “Si una parte del cuerpo de Cristo está sufriendo y no
podemos sentir su dolor, ¿somos en verdad miembros artificiales?”
¡Que Dios
abra nuestros oídos para escuchar el grito de la iglesia que sufre en las zonas
rurales colombianas, y que levantemos nuestras oraciones por ella al trono de
los cielos!
* N. de la E. Este artículo fue escrito por Michael Gowen, publicado en Protestante Digital.
