El grupo
extremista más fuerte de la actualidad, Estado Islámico, nació en el que debió
ser el más improbable de los lugares: una prisión estadounidense en el desierto
de Irak. Así concuerdan al menos los analistas y los comandantes a cargo de la instalación
y los soldados que trabajaron en ella.
Camp Bucca no
era su nombre original. Tras la invasión de Irak, las fuerzas británicas la
llamaron Camp Freddy. Pero en abril de 2003, cuando los estadounidenses tomaron
el control del campo de detención, lo rebautizaron en honor a Ronald Bucca, un
jefe de bomberos de Nueva York que murió por las labores de rescate tras el
ataque del 11 de septiembre de 2011 a las Torres Gemelas.
La prisión,
situada a las afueras de la ciudad sureña de Basora, fue considerada la cárcel
modelo de EE.UU., con unidades habitacionales de cemento y techo de madera,
actividades gestionadas por los propios reclusos, y derecho a visita familiar y
atención médica. En Camp Bucca los detenidos tenían derecho a visitas
familiares, entre otros.
Llegó a tener
27.000 detenidos repartidos en 24 campos y clasificados con trajes de colores
según su estatus; muchos de ellos transferidos de Abu Ghraib tras el escándalo
por torturas y abusos a prisioneros.
Por sus
instalaciones pasaron, entre otros, nueve miembros de la cúpula de EI, de
acuerdo al informe The Islamic State, de Soufan Group, una organización que
ofrece servicios estratégicos de inteligencia de seguridad a gobiernos y
multinacionales, publicado en noviembre del año pasado.
"Universidad
de terroristas"
El líder del
grupo yihadista, Abu Bakr al-Baghdadi, autoproclamado califa y "líder de
todos los musulmanes", por ejemplo, permaneció en Camp Bucca cinco años. Lo
trasladaron tras detenerlo en Fallujah, al oeste de la capital, Bagdad, en
febrero 2004. Llegó a tener 27.000 detenidos repartidos en 24 campos y
clasificados con trajes de colores según su estatus.
Tenía 33 años
y no habían pasado muchos meses desde que ayudara a fundar Jeish Ahl al-Sunnah
al-Jamaah, un grupo militante que había echado raíces en las comunidades
sunitas alrededor de su ciudad natal, Samarra.
Eran tiempos
en los que la insurgencia sunita contra EE.UU. estaba cobrando fuerza en el
país. Pero el grupo que ayudó a fundar no era muy conocido, así que llegó a la
prisión con perfil bajo. "Los estadounidenses no sabían a quién
tenían", dijo sobre él Hisham al-Hashimi, un asesor del actual gobierno
iraquí.
Allí, en Camp
Bucca, Al Baghdadi coincidió con el que después sería su número dos en EI, Abu
Muslim al-Turkmani, así como con el experimentado militar Haji Bakr, hoy
fallecido.
También
permaneció en el campo de detención Abu Qasim, líder de los combatientes extranjeros,
según Soufan Group. Y los analistas señalan que es probable que estos hombres
fueran extremistas cuando entraron en la prisión, pero seguro que lo eran
cuando salieron de ella. Por sus instalaciones pasaron, entre otros, nueve
miembros de la cúpula de EI, de acuerdo al informe The Islamic State, de Soufan
Group.
"Antes
de su detención, Al Baghdadi y otros eran radicales violentos (...), pero su
tiempo en prisión hizo más profundo su extremismo y les dio la oportunidad de
aumentar el número de seguidores", escribió el antiguo militar Andrew
Thompson en el diario The New York Times en noviembre de 2014. A lo que agregó:
"La prisión se convirtió en una universidad virtual de terroristas".
Ya lo había
reconocido, casi con las mismas palabras, David Petraeus, el general que lideró
la operación de EE.UU. en Irak. "Estos extremistas estaban básicamente
gestionando una universidad para entrenar terroristas en nuestras propias instalaciones",
admitió. "Estábamos liberando a individuos que eran más radicales que
cuando llegaron (a Camp Bucca)".
Radicalización
y colaboración
A eso mismo
se refería el jefe de policía iraquí Saad Abbas Mahmoud cuando le dijo lo
siguiente al diario estadounidense The Washington Post: "Estos hombres no
estaban plantando flores en el jardín". Algunos militares que trabajaron
en el campo coinciden en que les preocupaba que fuera un caldo de cultivo para
la radicalización.
James Skylar
Gerrond, comandante encargado de la prisión entre 2006 y 2007, también
coincidía con esa opinión. "A muchos de nosotros en Camp Bucca nos
preocupaba que, en lugar de solo alojar a detenidos, hubiéramos creado una olla
a presión del extremismo", escribió en su cuenta de Twitter.
Además, los
analistas concuerdan con que el campo de detención no fue un lugar para la
radicalización, sino también para la colaboración. Y es que en él coincidieron
miembros de Baath, el partido del líder iraquí Saddam Hussein, hoy fallecido, y
fundamentalistas islámicos. Y eso desembocó en un "matrimonio de
conveniencia", según Soufan Group.
En la prisión
coincidieron miembros de Baath, el partido del líder iraquí Saddam Hussein, hoy
fallecido, y fundamentalistas islámicos.
De acuerdo a
los analistas, cada grupo le ofreció al otro aquello de lo que carecía. Así,
los yihadistas aprendieron de los exbaazistas habilidades para organizarse y
disciplina militar. Y estos, por su parte, encontraron un propósito en los
militantes islamistas.
"En
Bucca las matemáticas cambiaron cuando las ideologías adoptaron rasgos
militares y burocráticos y los burócratas se volvieron extremistas
violentos", dice el informe.
En Camp Bucca
se produjo un "matrimonio de conveniencia" entre miembros del partido
del fallecido líder iraquí Saddam Hussein y fundamentalistas islámicos.
Y según Peter
Taylor, periodista de la BBC con 35 años en el oficio y curtido en temas de
insurgencia y violencia política, conocer eso es fundamental para entender el
fenómeno de EI. Un grupo que en pocos meses amasó una fortuna calculada en
US$2.000 millones, controla amplios territorios de Siria e Irak con unos ocho
millones de habitantes, tiene en nómina a unos 50.000 combatientes, utiliza con
gran destreza las redes sociales con objetivo propagandístico, y a cuya llamada
han acudido a hacer la yihad unos 12.000 militantes extranjeros.
