—Pues ya lo
has visto, es decir, le estas viendo, puesto que hasta ahora el mendigo no había podido
ver a Jesús, pero podía reconocerle por
el timbre de la voz. Curado de su ceguera, este pobre hombre tenía el supremo
consuelo, la gran bendición, de ver sus propios ojos, a Su Médico y Salvador.
El mayor servicio que pueda prestarnos la vista del cuerpo es ayudarnos a
incrementar nuestra fe e interesarnos por el bien de los demás, la nuestra y la
de nuestros semejantes. Llegará un día en que, con estos mismos ojos, veremos a
nuestro amable Redentor, Job 19: 26 – 27, 26 Y cuando mi piel haya sido destruida, todavía veré a
Dios con mis propios ojos. 27 Yo mismo espero verlo; espero ser yo
quien lo vea, y no otro. ¡Este anhelo me consume las entrañas! Mientras tanto, contemplémosle con los ojos de la
fe, veámosle en Su gloria y en Su hermosura, y demos constante alabanza y
eterna gratitud al que nos abrió los ojos del alma.
Señor, crea en nosotros hambre y sed por la Palabra que vivifica».
«¡Sea Dios exaltado!»
PARA RUMIAR:
La enseñanza Bíblica sobre la sumisión establece una
actitud interna de honra hacia los demás
Dios te siga bendiciendo.
Pastor Mario Arcila Castaño. M. A. C.
