Juan 9: 12, 12 —¿Y dónde está ese hombre? —le preguntaron. —No lo sé
—respondió.
Cuando damos
testimonio acerca del Señor Jesucristo, frecuentemente creamos en los corazones
de los otros el deseo de llegar también de Conocerle.
—¿Y dónde está ese hombre? Es posible que algunos hicieran
esta pregunta por curiosidad, como si dijese: ¿Dónde esta, para que podamos
echarle mano? Podemos pensar inocentemente que alguien haría la pregunta con la
mejor voluntad, como si dijese: ¿Dónde está, con el propósito que podamos
entregarnos a Él? En respuesta a esto, el hombre se limito a decir, a
contestar: —No lo sé —respondió.
Parece ser que, tan pronto como le envió al estanque se Siloé, Jesús se marchó
de allí. Repasemos Juan 8: 59, 59 Entonces los judíos tomaron piedras para arrojárselas,
pero Jesús se escondió y salió inadvertido del templo. El hombre nunca había visto a
Jesús, ya que, para el tiempo en que él recibió la vista, se había marchado el
Oftalmólogo de los oftalmólogos, el Señor Jesús. Con ninguna de las cosas que
podía contemplar ahora este hombre, se habría visto tan satisfecho como con ver
al que le había sanado, pero lo único que sabía de Él es que se llamaba Jesús, el Salvador. Así es pasa con el milagro
de la Gracia de la conversión de
una persona, cuando recibe a Cristo en su corazón: se ve el cambio efectuado,
pero NO la mano que lo llevó a cabo, o la mano del que lo realizó.
«Señor, crea
en nosotros hambre y sed por la Palabra que vivifica».
«¡Sea Dios exaltado!»
PARA RUMIAR:
Pero
todo lo que Salomón hizo terminó con esta frase, “Miré todas las obras que se hacen debajo del sol, y vi que todo ello
es vanidad y aflicción de espíritu.”
Eclesiastés 1: 14.
Dios te siga
bendiciendo.
Pastor Mario
Arcila Castaño. M. A. C.